Cuando ví la frasecita no lo pude evitar. Tenía que decir algo. 
Esa frase, pensé orgullosa, era tan falsa que me estaba insultando:

"LA FELICIDAD NO ES TENER LO QUE QUIERES, SINO QUERER LO QUE TIENES",

decía el nick de un conocido mío.

"Sí, claro", me dije.
Y rápidamente le escribí:

 "la vida es querer y lo que tienes y querer más.
Por lo menos los primeros 30 años eso debería ser obligatorio.

 Lo otro es ser un conformista."  

Yo no podía -ni puedo- concebir una vida que no sea una aspiración a más.
Y no es que no quiera lo que tengo. Es que no es suficiente.
Es que quiero mucho más. Y no hablo de cosas materiales, sino de experiencias.

De que, maldita sea, quiero vivir!                                                                                                                                   

Y no quiero vivir lo que me toque. 

 

 Lo que quiero es lo que he soñado para mí.


Pero las últimas semanas, y esa sensación de insatisfacción que crece en mi pecho y ahoga mi corazón, esa presión insoportable ahí dentro, que pone las lágrimas al borde de mis ojos, pero no las deja salir, me ha hecho pensar.

Y he pensado que, quizás, me estoy equivocando.
Siempre creí que podía conseguir todo lo que me propusiera, y tal vez, no es así.  

No sé sí aún no le he dado a la vida lo suficiente para que me devuelva mi premio, o simplemente,
lo que ocurre es que la vida no es una cuestión de justicia.
El caso es que yo cada vez aporto más, y mi recompensa no llega.
Y mientras algo en mi interior se desespera y se retuerce, pensando qué rayos es lo que estoy haciendo mal, otros viven y son felices, sin más, sin la necesidad de que sus deseos se vean cumplidos.


Sin deseos.

Y en momentos como ese pienso que tener demasiados sueños es una maldición.
Y que la gente como yo, con tantas ansias, con tantas ganas de llevar su vida de sueño a la realidad, está condenada.
Condenada a vivir eternamente insatisfecha.